Hormigón Al Desnudo: La Polarización del Brutalismo y su Relectura en el Siglo XXI
10/09/2025 l Interés General
El término ‘Brutalismo’ deriva del francés ‘béton brut’ (hormigón crudo), popularizado por Le Corbusier en su icónica Unité d’Habitation en Marsella (1952), aunque sus raíces conceptuales se atribuyen a los arquitectos británicos Alison y Peter Smithson. Surgido en la posguerra, este movimiento abrazó la economía de medios y la funcionalidad, priorizando la estructura y la honestidad de los materiales. Edificios brutalistas se caracterizan por su masividad, formas geométricas repetitivas, y el uso predominante de hormigón a la vista, que a menudo muestra las marcas del encofrado. Su filosofía inicial, cargada de un espíritu utópico, buscaba crear espacios públicos democráticos y viviendas accesibles, reflejando una preocupación por la función social de la arquitectura.

A nivel internacional, el brutalismo ha dejado una huella imborrable. Desde la Barbican Estate en Londres, un complejo residencial cultural de una escala impresionante, hasta la Geisel Library en San Diego, EE. UU., o el Habitat 67 en Montreal, Canadá, estos proyectos desafiaron las convenciones. Estudios recientes, como los de Docomomo International, muestran una creciente polarización: mientras que aproximadamente un 15% de las obras brutalistas emblemáticas en Europa y Norteamérica han enfrentado demoliciones o modificaciones significativas en las últimas dos décadas debido a la presión inmobiliaria o al rechazo popular, un número creciente de organizaciones y comunidades lucha por su preservación y revalorización, evidenciando una curva de interés ascendente entre arquitectos jóvenes y entusiastas del patrimonio.
En Argentina, la influencia brutalista fue profunda, especialmente entre las décadas de 1960 y 1980. La obra del icónico Clorindo Testa – como el imponente Banco de Londres y América del Sur (hoy Banco Hipotecario) en Buenos Aires, o la Biblioteca Nacional Mariano Moreno – son ejemplos paradigmáticos que, lejos de pasar desapercibidos, han provocado desde su inauguración un sinfín de discusiones. Estas estructuras, junto a numerosos edificios universitarios y complejos habitacionales, no solo marcaron una época de modernización sino que plantearon interrogantes sobre la identidad urbana y la relación del hormigón con el paisaje rioplatense.
Mirando hacia el futuro, el brutalismo se perfila no solo como un capítulo histórico, sino como un laboratorio de ideas. La presión por la sostenibilidad exige reconsiderar la demolición de estas estructuras, dada la energía incorporada en su construcción. La ‘reapropiación brutalista’, un movimiento global, busca la adaptación y la revalorización, transformando estos edificios en galerías de arte, espacios de coworking o viviendas de alta gama. Esta tendencia sugiere que el debate no se centra en si el brutalismo es ‘bueno’ o ‘malo’, sino en cómo podemos dialogar con su legado, integrarlo en el tejido urbano contemporáneo y redefinir su función, abriendo un camino para una arquitectura que, a pesar de su aparente rigidez, demuestre una flexibilidad sorprendente en el tiempo.
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