
31/08/2025 l Tendencias
La posta es que el CFRP no es un material nuevo en sí; su uso se consolidó en la industria aeronáutica y automotriz de alta gama hace décadas. En la edificación, su principal ventaja radica en la posibilidad de incrementar significativamente la capacidad portante de elementos existentes –vigas, columnas, losas– sin añadir un peso considerable, algo clave en estructuras con problemas de deterioro o que requieren adecuación a nuevas cargas o normativas sísmicas. Su aplicación como láminas, tejidos o barras, adheridos con resinas epoxi, permite una intervención relativamente rápida y limpia comparado con métodos tradicionales de refuerzo con hormigón o acero. Es un fierro, sin dudas, cuando hablamos de especificaciones técnicas puras.
Además del factor económico, hay otras piedras en el camino. La falta de mano de obra y de ingenieros con experiencia específica en el diseño y aplicación de sistemas CFRP es un problema. No es joda aplicar bien esto; requiere un conocimiento técnico que aún no está masificado. Sumado a esto, la ausencia de normativas constructivas nacionales específicas para el uso de CFRP genera incertidumbre legal y técnica, forzando a los pocos proyectos a basarse en códigos internacionales adaptados o en soluciones ‘ad hoc’ validadas por especialistas. A largo plazo, para que la fibra de carbono pase de ser una curiosidad de élite a una opción viable, necesitamos una triple jugada: una reducción drástica en los costos (quizás con producción regional a futuro), una inversión fuerte en capacitación técnica en universidades y centros de formación, y el desarrollo urgente de una normativa local clara y estandarizada. Sin eso, el ‘supermaterial’ seguirá siendo un lujo para unos pocos, y su verdadero potencial para transformar la infraestructura argentina quedará relegado al terreno de las buenas intenciones.