
31/08/2025 l Obra pública
Tomemos el caso de Singapur, un referente en seguridad. Sí, tienen cámaras por doquier, pero su estrategia es holística. Sus obras públicas no solo vigilan, sino que diseñan la ciudad para la vida: espacios verdes accesibles, buena iluminación, veredas amplias que fomentan la caminata y la interacción social. No es solo un tema de ‘no te voy a robar’, sino de ‘te voy a dar un lugar donde te sientas bien y no tengas ganas de robar’. Esto, para la salud, es oro: menos sedentarismo, más conexión social, menos estrés.
Ahora, contrastemos con la fiebre de los ‘barrios cerrados’ en Latinoamérica. El hormigón de los muros promete seguridad, pero muchas veces aísla a sus habitantes. ¿Resultado? Menos caminatas, más dependencia del auto, menor interacción con el entorno fuera de los muros. Según datos de la OMS, la inactividad física es la cuarta causa de mortalidad a nivel global, y si bien no es culpa directa de las rejas, estas estructuras de seguridad contribuyen a un estilo de vida más sedentario. Y ni hablemos del impacto psicológico de vivir en una fortaleza autoimpuesta.
A nivel global, la proliferación de cámaras es alucinante. Se estima que para 2021, China ya tenía una cámara de videovigilancia por cada 7 habitantes, con ciudades como Shenzhen superando las 200 cámaras por cada mil residentes. En comparación, urbes como Londres o Nueva York rondan las 60-70 por cada mil. ¿Esto se traduce en habitantes más sanos o solo más controlados? Un informe de Human Rights Watch ha señalado que la vigilancia masiva puede generar paranoia y autocensura, afectando el bienestar mental y la libertad de expresión, incluso en la esfera pública.
En Argentina, el ‘boom’ de los centros de monitoreo y la instalación masiva de cámaras en ciudades grandes y medianas es innegable. La justificación es la ‘prevención’, pero ¿qué tanto estamos midiendo el costo humano? ¿Evaluamos si estas estructuras, que consumen una parte importante del presupuesto de obra pública, están realmente mejorando la calidad de vida o solo desplazando el problema y, de paso, sumando una capa extra de estrés a una población ya bastante castigada? La pregunta de fondo es si estamos invirtiendo en infraestructura que cura, o en parches de hormigón que solo tapan el síntoma, dejando la raíz del problema de la salud ciudadana intacta. La próxima vez que veamos una obra de seguridad, quizás deberíamos preguntarnos: ¿esto es para estar tranquilos o para estar vigilados?